Durante 4 horas luché por la vida de un niño de 5 años. Llegué tarde a mi propia boda y una veintena de familiares del novio me cerraron el paso. “¡Lárgate! Mi hijo ya se casó con otra.” Todo cambió cuando supieron de quién era el hijo al que había salvado. Y antes de seguir, cuéntame en los comentarios desde qué país me escuchas y cuántos años tienes. Me encanta saber quién está al otro lado de la pantalla. Ahora sí, ponte cómodo y disfruta de la historia.
A las 5 de la mañana, el teléfono desgarró el silencio de la sala de guardia, y Lucía Villanueva se incorporó sobresaltada del viejo sofá hundido, sin entender del todo dónde estaba ni por qué le zumbaba tanto la cabeza. Las costuras del cuero falso le habían dejado marcas en la mejilla y el cuello le dolía de haber dormido en mala posición, con la cabeza ladeada contra el reposabrazos. Tras apenas tres horas de sueño mal dormido, la oscuridad fuera de las ventanas seguía siendo densa y fría, y en el pasillo ya resonaban camillas, pasos apresurados y una voz que gritaba: “Más rápido, más rápido”, con ese tono que solo se usa cuando la cosa es realmente grave.
Lucía reconoció ese timbre de urgencia. Lo había escuchado demasiadas veces en sus 7 años como cirujana y cada vez significaba lo mismo: alguien se debatía entre la vida y la muerte. Se colocó la bata a toda prisa, salió casi corriendo hacia urgencias y vio al jefe de servicio, el Dr. Martín Álvarez, plantado junto al mostrador con la cara de quien está anunciando una catástrofe. “Niño de 5 años, accidente de tráfico de madrugada. Rotura de bazo”, dijo deprisa, tragándose las palabras mientras le tendía la carpeta con los primeros datos.
“El coche donde iba con su padre fue envestido por un camión que se saltó un semáforo. El padre tiene contusiones menores, pero el niño… El impacto fue del lado del asiento trasero. Todos los cirujanos están fuera en avisos. El Dr. Mendoza tiene una apendicitis complicada en el quirófano dos y no puede salir. Doctora Villanueva, ¿puedes entrar tú?” Ella asintió sin dudar, aunque en algún rincón de su mente parpadeó la palabra boda. El salón de banquete reservado desde hacía 8 meses, el vestido colgado en la taquilla, la madre que le había pedido que fuera una novia impecable, la futura suegra siempre insatisfecha, que probablemente ya estaría despierta supervisando los últimos preparativos.
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