Mi madre chasqueó los dedos cerca de mi cara. —¿Me estás escuchando?
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano. —Sí.
—Bien —dijo—. Y no nos hagas pasar vergüenza en la gran inauguración. Mason necesita energía positiva hoy.
Mason se rió entre dientes. —En serio, hermana, el negro no le pega a la marca.
Lo observé con atención. La sonrisa perfecta. El reloj de imitación. La seguridad de un hombre parado sobre un puente a punto de derrumbarse sin darse cuenta de que el fuego ya había alcanzado los pilares.
Entonces cogí mi bolso.
Mi madre frunció el ceño. —¿Adónde vas?
—A enterrar a mi marido —respondí.
Afuera, la lluvia resbalaba por el parabrisas como si el cielo mismo estuviera de luto conmigo. Me senté en el auto de Daniel, respiré hondo con dificultad y llamé a nuestro asesor financiero.
—Señora Vale —dijo en voz baja—. Lo siento muchísimo.
—Gracias, Víctor. Mi voz sonaba inquietantemente tranquila. —Retire todas las inversiones vinculadas a la empresa de Mason. Inmediatamente.
Siguió el silencio.
—¿Los dos millones? —preguntó con cautela.
—Cada dólar —respondí—. Y envíe el informe de auditoría al departamento de cumplimiento federal.
Parte 2
Víctor no me cuestionó. Los asesores experimentados reconocen la diferencia entre el dolor y la determinación.
Al anochecer, el funeral de Daniel ya estaba organizado sin mi madre, sin Mason, sin nadie que considerara mi dolor una molestia. Los antiguos socios de Daniel llegaron primero. Luego, clientes de toda la vida. Después, miembros de la mitad de las organizaciones benéficas de la ciudad, porque mi esposo había dedicado su vida a ayudar a los demás en silencio, dejando que otros se llevaran el mérito.
Mi madre llegó tarde.
Llevaba un vestido color crema.
Mason llegó con un fotógrafo.