La suegra le cortó el cabello a su nuera y la envió a un convento; lo que hizo la hizo arrepentirse por el resto de su vida.

La monja encargada me miró con compasión y me permitió quedarme en la cocina. Con el cabello despeinado y los ojos hinchados de tanto llorar, me convertí en la comidilla del pueblo.

Durante mi estancia en el convento, ayudé a la monja a limpiar, cocinar y cultivar hortalizas. Nadie me regañaba ni me criticaba; solo el sonido de la campana y el aroma del incienso me ofrecían consuelo.

La monja me aconsejó:

—No guardes rencores. El resentimiento solo te hará sufrir más. Vive bien, y el tiempo pondrá a todos en su lugar.

Escuché sus palabras y comencé a serenarme. Me inscribí en un curso de costura en el pueblo; estudiaba por las mañanas y trabajaba en el convento por las tardes.

Tres meses después, ya confeccionaba hermosas prendas, las cuales vendía a los turistas que visitaban el convento. Poco a poco, abrí una pequeña tienda en la entrada del convento y obtuve un ingreso estable.

Carlos seguía viniendo a verme a escondidas de vez en cuando. Lloraba y me suplicaba que regresara a casa, pero yo solo negaba con la cabeza:

—No volveré hasta que tu madre entre en razón.

Él bajaba la cabeza, impotente.

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