Al anochecer, las primeras advertencias comenzaron a circular por los círculos adecuados. Apex fue señalada por riesgo de impago. Los compromisos de los socios se retrasaron. Los bancos revisaron los préstamos.
Ethan llamó una y otra vez. Lo ignoré hasta que usó otro número.
—Claire —dijo con voz ronca—. ¿Qué estás haciendo?
—No sé a qué te refieres.
—La inversión. Los bancos. Los socios. Todo está sucediendo a la vez.
—Tu empresa ha sido inestable durante años. ¿Por qué me preguntas a mí?
—Estábamos casados.
Hice una pausa.
—Cuando moviste activos para que me fuera sin nada, ¿te acordaste de que estábamos casados? Cuando gastaste dinero de la empresa en otras mujeres, ¿te acordaste? Cuando contrataste hombres para asustarme, ¿te acordaste?
Silencio.
—Ya sabrás lo que quiero —dije—. Pero no esta noche.
Tres días después, Ethan vino a mi oficina. Su traje estaba arrugado, la corbata torcida y su rostro, agotado.
—Claire —dijo—. ¿De verdad vas a hacer esto? Apex lo es todo para mí.
—Si lo pierdo, ¿no te quedará nada? —pregunté.
Se quedó mirando fijamente. —Estuvimos casados una vez.
—Sí —dije—. Estuvimos casados.
Le puse unos documentos delante.
—Aquí está todo el dinero que invertí en Apex. Más de diez millones. Transferencias que nunca declaraste.
Leyó las páginas lentamente. Su expresión pasó de la negación al reconocimiento.
—No lo sabía —susurró.
—Claro que no lo sabías. Nunca preguntaste.