Se esforzaba por retractarse de lo que acababa de decir.
Daniel se acercó a mí, con un tono firme e inconfundible.
—Mamá —dijo—. Eso no tuvo gracia.
Su sonrisa se desvaneció. —Ay, no seas tan sensible. A todos les gustó.
Miré a Daniel, luego a ella.
Mantuve la calma, pero me aseguré de que se escuchara en toda la sala.
—Querías que fracasara —dije—. Por eso paraste la música.
Una leve oleada de asombro recorrió la multitud: jadeos sordos, sillas que se movían, gente que de repente se daba cuenta de que había sido parte de algo cruel.
La mirada de Verónica se endureció. —Solo quería ver si eras real.
Asentí lentamente. —Ahora lo sabes —respondí.
Le devolví el micrófono al DJ, no a ella.
Luego me dirigí a la mesa de mis padres y vi a mi madre secándose las lágrimas, no de tristeza, sino de orgullo.
Sabía lo que me había costado mantener oculta esa parte de mi vida.
Y sabía lo que significaba que, a pesar de todo, hubiera decidido usarla.
Daniel me apretó la mano.
—Lo siento —murmuró—. Debería haberla detenido.