Sus suaves rizos habían sido rapados, dejando un corte tosco y desigual.
“La abuela me lo cortó, mami”, susurró.
Brenda fingió orgullo.
“Listo”, dijo. “Ahora sí que parece un niño de verdad. Me lo agradecerás después”.
Llevé a Leo adentro antes de decir algo de lo que me arrepintiera. Se acurrucó contra mí en el sofá y lloró hasta que le dio hipo.
Cuando Mark llegó a casa, vio el pelo de Leo y se quedó paralizado. Entonces Leo sollozó contra su pecho.
“Papá, ¿por qué la abuela rompió mi promesa?”
El rostro de Mark se quedó inexpresivo.
Esa promesa no se trataba solo del cabello.
Un año antes, a Lily le habían diagnosticado leucemia. Cuando la quimioterapia le hizo perder el cabello, Leo se paró en la puerta del baño y le dijo: “Me lo dejaré crecer hasta que te vuelva a crecer”.
Y cumplió su promesa.
Se negaba a que le cortaran el pelo. Les decía a las enfermeras, a los maestros y a los vecinos que sus rizos eran para Lily. En los días difíciles en el hospital, Lily enroscaba uno de sus rizos alrededor de su dedo y lo llamaba su primavera de la suerte.
Brenda sabía que Lily había estado enferma. Sabía lo suficiente como para saber que no debía hacerlo. Pero para ella, el corte de pelo de un niño importaba más que la comodidad de una niña.
Ese sábado, Mark me pidió que hiciera un video.
Recopilé fragmentos de Lily en el hospital, con Leo a su lado, y sus rizos creciendo mes a mes. En un fragmento se veía a una enfermera preguntándole por qué tenía el pelo tan largo.
Leo respondió: “Porque las promesas se hacen esperar”.
En otro, Lily susurraba: “No me lo cortes todavía. Aún me ayuda”. Cuando terminé de editar, estaba llorando.
El domingo por la noche, fuimos a cenar a casa de Brenda. Ella sonrió al ver la cabeza rapada de Leo y dijo: “¿No se ve mucho mejor así?”.
Leo se escondió detrás de Mark.