Liam y yo llevábamos casados poco más de un año. Nuestra vida en nuestro tranquilo hogar en Boston era apacible, a excepción de un detalle profundamente inquietante: su madre, Margaret.
Todas y cada una de las noches, exactamente a las tres de la mañana, ella llamaba a la puerta de nuestro dormitorio.
No con fuerza; solo tres golpes lentos y deliberados.
Toc. Toc. Toc.
Lo suficiente como para despertarme de un sobresalto cada vez.
Al principio, pensé que necesitaba ayuda o que estaba desorientada. Pero cada vez que abría la puerta, el pasillo estaba vacío: tenue, silencioso, inmóvil.
Liam le restaba importancia. «Mamá nunca duerme bien —me decía—. A veces deambula».
Pero cuanto más sucedía, más se me crispaban los nervios.
Tras casi un mes, necesitaba respuestas. Compré una cámara diminuta y la coloqué sobre la puerta del dormitorio. No se lo conté a Liam; él habría insistido en que estaba siendo dramática.
Esa noche, los golpes volvieron a sonar.