Unos días después, la llevamos a ver a un psiquiatra en Cambridge. Margaret permaneció sentada con rigidez, con las manos entrelazadas y la mirada baja.
Le explicamos todo: los golpes en la puerta, la llave, las miradas fijas.
El médico le preguntó con suavidad: «Margaret, ¿qué cree usted que ocurre por las noches?».
Su voz tembló.
«Tengo que mantenerlo a salvo —susurró ella—. Él volverá. No puedo volver a perder a mi hijo».
Más tarde, el médico nos reveló la verdad.
Hacía treinta años, cuando Margaret vivía en el norte del estado de Nueva York con su esposo, un intruso irrumpió en su hogar. Su marido intentó hacerle frente, pero no sobrevivió.
Desde entonces, ella había vivido aterrorizada ante la posibilidad de que aquel mismo peligro regresara.
Cuando yo entré en la vida de Liam, su trauma me confundió con aquella antigua amenaza. Ella no me odiaba; su mente simplemente me interpretó erróneamente como una desconocida más que podía «arrebatarle a su hijo».
La culpa se retorció en mi pecho.
Yo la había visto como alguien aterrador… pero era ella quien vivía con miedo.
El médico recomendó terapia y medicación suave, pero dijo que lo más importante eran la paciencia y una tranquilidad constante.
«El trauma no desaparece —dijo él—, pero el amor puede suavizarlo».
Esa noche, Margaret se me acercó con lágrimas en los ojos.
«Nunca quise asustarte —susurró—. Solo quiero mantener a mi hijo a salvo».
Por primera vez, extendí la mano hacia la suya.