La primera vez que deseé vengarme, estaba de pie entre dos ataúdes lo suficientemente pequeños como para llevarlos en mis brazos. La segunda vez, la huella de la mano de mi suegra todavía me ardía en el rostro.
La capilla olía a lirios, a lluvia y a madera pulida. Mis mellizos, Noah y Lily, descansaban dentro de féretros blancos no más grandes que maletas de viaje; sus nombres estaban grabados en letras doradas que parecían demasiado brillantes para unos niños que ya no estaban.
Llevaba cuatro días sin dormir. Mi vestido negro me quedaba holgado sobre el cuerpo. Cada respiración se sentía áspera, cortante.
A mi lado, mi esposo Daniel miraba al suelo, como si el dolor lo hubiera vaciado por dentro. Al otro lado estaba su madre, Margaret, rígida bajo un velo negro, con los ojos secos y una compostura impecable, como si fuera de la realeza asistiendo a una tragedia.
La gente susurraba sobre lo fuerte que era ella.
Yo sabía la verdad.
Se inclinó hacia mí; su perfume era tan intenso que resultaba asfixiante. «Dios se los llevó —susurró con malicia—, porque sabía qué clase de madre eras».
Esas palabras se clavaron en mí como fragmentos de cristal.
Me volví lentamente hacia ella. «¿Puedes callarte… aunque sea solo por hoy?».
La capilla quedó sumida en el silencio.
La expresión de Margaret se endureció al instante. Luego, me abofeteó.
Con fuerza.
Mi cabeza se giró bruscamente hacia un lado. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, ella me agarró del brazo y me empujó con violencia contra el ataúd de Noah. Mi sien golpeó el borde de madera pulida. En algún lugar, al fondo de la sala, alguien gritó.
Margaret se inclinó hacia mi oído, esbozando una sonrisa cortés para los dolientes. «Guarda silencio —susurró—, o te reunirás con ellos».
Daniel alzó la cabeza por fin.
Pero no hacia ella.