Siempre lo había subestimado.
Pero yo, jamás.
No podía moverme mucho, pero aún podía pensar. Aún podía escuchar.
Y sabía una cosa con absoluta certeza: si no actuaba en ese instante, nunca volvería a tener otra oportunidad.
La habitación quedó sumida en el silencio mientras Arthur y Chloe seguían al médico hacia afuera.
En el preciso instante en que la puerta se cerró con un clic, concentré hasta la última gota de fuerza que me quedaba para mover la mano, aunque fuera solo un poco.
Me exigió hasta el límite de mis fuerzas.
Bruce se quedó paralizado al instante y, acto seguido, se inclinó hacia mí.
—¿Mamá? —susurró.
Esta vez, obligué a mis labios a moverse.
—H… hola… cariño…
Las palabras apenas lograron escapar de mi boca.
Bruce aspiró aire bruscamente.
—Estás despierta…
—No —susurré—. Es… escucha. No nos queda mu… mucho tiempo…
Mi hijo volvió a apretarme la mano, pero esta vez no lo movía el miedo.
—Necesito que saques fotos… de esos…
«Docu… los documentos que tienen. Tráemelos mañana. No… dejes que te atrapen… y no digas nada…»
Hubo una breve pausa antes de que él respondiera.
«Lo haré».
Ese era mi hijo.
Callado. Cauteloso. Siempre observando.
Arthur regresó unos minutos después.
«Hola, campeón. Es hora de ir a casa».