En ese momento sentí que la ira casi me subía a la garganta.
—No uses a ese niño como escudo —dije—. Él no robó a la empresa. No mintió a dos mujeres. No entró en mi casa esperando aplausos por humillarme. Tú sí.
Los ojos de Brooke se llenaron de lágrimas, pero se apartó antes de que le cayeran.
Daniel se dirigió hacia las escaleras. —Voy a buscar mis cosas.
Margaret levantó una mano. —Una maleta esta noche. Lo demás se puede arreglar con un abogado.
Él rió amargamente. —Abogado. Escúchenlos.
—Deberías —dijo Margaret—. Quizás te salve de que la parte criminal de esto sea inevitable.
La palabra criminal cambió el ambiente.
Daniel me miró.
—No lo harías.
Sostuve su mirada. «Inténtalo».
Durante los siguientes cuarenta minutos, mi casa se convirtió en un escenario donde Daniel representó todas las versiones de sí mismo, excepto una honesta.
Subió las escaleras dando pisotones y cerrando cajones de golpe. Bajó cargando trajes, relojes, gemelos, dos pares de botas y una foto enmarcada de nuestro viaje de décimo aniversario a Santa Fe. La alzó una vez, como si temiera que me derrumbara al vernos sonriendo bajo el sol del desierto.
No lo hice.
Los recuerdos no son prueba de inocencia. A veces, solo demuestran que la traición estaba mejor disfrazada de lo que creías.
Brooke esperaba cerca de la puerta principal, con Noah en brazos y hablando muy poco. Dos veces intentó hacerle preguntas a Daniel. Dos veces él la ignoró.
Finalmente, ella dijo: «Daniel, ¿adónde se supone que vamos?».
Él la miró fijamente. «Yo me encargo».
Era la misma frase que había usado conmigo durante años cuando no quería que lo juzgara.
Vi que Brooke la interpretó de otra manera esta vez.
A las ocho y media, un cerrajero se detuvo afuera. Daniel vio la furgoneta por la ventana delantera y se volvió hacia mí con puro odio.
—¿Ya lo llamaste?
—Sí.