Porque mientras él fingía trabajar, yo ya había empezado a desmantelar la vida a la que planeaba regresar.
PARTE 2
A la mañana siguiente, no me desperté destrozada.
Me desperté preparada.
Sobre la mesa del hotel había escrituras, extractos bancarios, contratos de vehículos, registros de transferencias y una carpeta gris donde guardaba todo lo que Julián solía llamar “paranoia legal”.
Durante años, se había burlado de mí por guardar todas las facturas.
Ahora esos registros eran mi protección.
Ramiro llegó a las 8:30 con café y malas noticias.
“La casa se vende rápido”, dijo. “El fondo Monterrey sigue interesado. Ofrecerán menos, pero pueden pagar en efectivo”.
“Acepto”.
Luego me mostró otra carpeta.
Había cargos corporativos relacionados con Karla.
Una boutique de maternidad en Polanco.
Reservas en Los Cabos.
Joyas.
Alquiler de artículos para eventos.
Una transferencia disfrazada de “gastos de representación”.
La boda no solo había sido una traición.
Se había facturado como un negocio.
“Quiero una auditoría completa”, dije.
“Ya la solicité”, respondió Ramiro. “También hay correos electrónicos entre Karla y Julián”.
Los mensajes eran peores de lo que esperaba.
Karla se burló de mí por actuar como la jefa perfecta. Julián escribió que, una vez que naciera el bebé, podrían presionarme para que les diera dinero, una casa y acciones.
Luego llegó la frase que finalmente me quebró: