Julián se interpuso entre nosotras.
—Deja de hacerte la víctima. La casa era nuestra.
—No —dije—. La casa era mía. También la camioneta. Las tarjetas de crédito. La oficina donde usaste a mi empleada para formar tu segunda familia.
Entonces llegó Doña Elvira, furiosa.
—¡Qué vergüenza, Sofía! —gritó—. ¿Así tratas a una mujer embarazada?
La miré.
—Ayer la llamaste la mujer correcta. Acógela en tu casa.
Elvira no respondió.
Fue entonces cuando se le cayó la primera máscara.
Querían humillarme, pero aun así querían que pagara.
Ramiro llegó con dos abogados y un notario.
—Señor Méndez —dijo—, se le notifica oficialmente que no puede entrar en esta propiedad. Sus pertenencias han sido inventariadas. También hay una denuncia en curso por malversación de fondos, fraude y posible falsificación de documentos.
Karla se tapó la boca.
—¿Una denuncia?
Julián intentó reír.
—Una pelea matrimonial no es un delito.
Abrí una carpeta azul.
—Una pelea no es un delito. Pero usar tarjetas de la empresa para pagar una boda, la luna de miel, regalos, vuelos y gastos personales sí lo es. Registrar a tu amante como dependiente sí lo es. Planear a través de correos electrónicos de la empresa para presionarme para que comparta acciones también lo es.
Doña Elvira retrocedió.
—Julián… ¿qué hiciste?