«Mis padres», dije, con la voz temblorosa solo una vez, «vendieron fideos en un carrito callejero durante veintisiete años. Pagaron mi educación. Me enseñaron sobre contratos, disciplina y cómo sonreír cuando la gente arrogante se expone».
Mi madre se tapó la boca con las manos temblorosas.
«Mi padre puede que vista un traje viejo», continué, mirando fijamente a Celeste, «pero nunca le ha robado a nadie».
Víctor susurró desesperadamente: «Elena, por favor».
Ahí estaba.
La primera grieta.
Me giré lentamente hacia él. «Deberías haber comprobado quién redactó el acuerdo prenupcial».
Tragó saliva con dificultad.
«Lo firmaste ayer».
La expresión de Celeste se endureció al instante. «Víctor, ¿de qué está hablando?».
Levanté la carpeta que la organizadora había dejado discretamente junto al pastel. «Renunció a todos los derechos sobre mis negocios, mis propiedades y todos los bienes que poseía antes del matrimonio. También aceptó una cláusula de moralidad y fraude».
Víctor abrió la boca ligeramente.
«Y como aún no se ha presentado la licencia de matrimonio», dije con calma, «no hay matrimonio».
El salón de baile estalló en un estruendo.
Celeste se aferró al borde de la mesa. «¡Pequeña…!»
«Cuidado», la interrumpí con suavidad. «El micrófono sigue encendido».
Por primera vez en toda la noche, no le quedaban palabras pulidas.
Parte 3
Víctor subió al escenario, el pánico finalmente despojándolo de su encanto.
—Elena, no hagas esto delante de todos —susurró desesperado—. Podemos arreglarlo.
Lo miré con atención: el hombre que había admitido que mis padres parecían pobres, el hombre dispuesto a sonreír a mi lado mientras, en secreto, tramaba arrebatarme todo lo que mis padres me habían ayudado a construir.
—Ya intentaste arreglar las cosas —dije—. Arreglaste la distribución de las mesas. Arreglaste la historia. Te metiste directamente en una trampa.
Extendió la mano hacia la mía. Me aparté.