«Isabella», dijo papá con voz ronca y débil. «No deberías estar aquí».
Marcus se rió. «Aun así, el viejo sabe que no puedes salvarlo».
Vivian cruzó la habitación y me lanzó un beso al aire junto a la mejilla. Su perfume olía a caro y a podrido a la vez.
—Tu padre lo cedió todo —ronroneó—. La casa. Sus acciones. Las cuentas. Por fin se dio cuenta de quién cuida de él de verdad.
Mi padre me miró, con la vergüenza reflejada en sus ojos.
Dejé la maleta lentamente.
—¿En serio? —pregunté en voz baja.
La sonrisa de Vivian se agudizó. —Ten cuidado, cariño.
—¿O lo obligaste a firmar mientras estaba sedado?
El silencio que siguió rompió la habitación.
Marcus se acercó a mí de inmediato. —Cuida tus palabras.
Miré su muñeca, el reloj de mi padre que brillaba allí, y luego el talón de Vivian que aún tocaba el hombro de papá.
—Quítale el pie de encima.
Vivian rió suavemente. —¿Y si no lo hago?
Pasé junto a ella, ayudé a mi padre a sentarse y le limpié el té derramado de sus manos temblorosas.
Vivian siseó: «Esta casa ahora me pertenece».
Recorrí con la mirada la mansión que mi madre ayudó a diseñar antes de que el cáncer se la llevara; cada pared estaba ahora impregnada de un lujo artificial y una calidez robada.
«No», dije en voz baja. «Esta casa es la escena de un crimen».