Su máscara finalmente se resquebrajó.
—No tienes ni idea de lo que he sufrido en esta familia —espetó con amargura—. Richard me trataba como un adorno. Su difunta esposa rondaba cada rincón de esta casa. Me merecía seguridad.
Mi padre cerró los ojos con dolor.
Me acerqué. —Seguridad no significa maltratar a un enfermo. Seguridad no significa obligarlo a arrastrarse.
Vivian me miró con odio puro. —¿Te crees mejor que yo?
—No —respondí—. Creo que vine preparada.
Le entregué una memoria USB al detective.
—Archivos de vídeo. Grabaciones de audio. Transferencias bancarias. Contratos falsificados. Historiales médicos. Documentación cronológica completa.
Marcus maldijo y corrió hacia la salida trasera.
Dos agentes le bloquearon el paso de inmediato.
Su arrogancia desapareció tan rápido que casi…
Parecía patético.
—Mamá —dijo débilmente, con la voz quebrándose.
Vivian lo miró como si ya no valiera nada.
—Diles que miente —suplicó Marcus.
Vivian no dijo nada.
Ese silencio lo destrozó más que cualquier confesión.
Mientras los agentes le esposaban las muñecas, Marcus gritó: —¡Prometiste que nadie nos tocaría!
Lo miré fijamente. —Y le creíste.