Miré a Linda, que dormía a mi lado, y respondí: «Por fin me di cuenta de quién desapareció primero».
Parte 2
Jason llegó a nuestra suite del hotel a la mañana siguiente, con aspecto agotado. Su camisa estaba arrugada, su cabello aún húmedo por la prisa con la que había cruzado el vestíbulo, y Vanessa lo seguía de cerca, con unas gafas de sol enormes que le cubrían media cara.
No parecía arrepentida.
Parecía irritada.
«Papá», dijo Jason, «la organizadora de la boda dice que el pago del lugar no se procesó».
Me serví un café. «Lo sé».
Vanessa dio un paso al frente. «Pues arréglalo».
Linda estaba sentada cerca de la ventana, callada pero serena. Se había puesto un suéter color crema. Tenía los ojos rojos, pero su postura seguía firme.
Miré a Vanessa. «Buenos días a ti también».
«Esto no tiene gracia», espetó. «Hoy vienen doscientos invitados».
—Sí —dije—. A una boda para la que tu familia aportó exactamente ocho mil dólares.
Apretó la mandíbula.
Jason dijo: —Papá, por favor. Lo prometiste.