—No —admitió—. Pero fue la decisión correcta. Hiciste lo correcto, como siempre.
En ese momento, sentí un alivio en el pecho.
No es alivio. No.
No triunfé.
Solo claridad.
Esa claridad que llega cuando por fin dejas de fingir que algo roto aún se puede arreglar.
La cuenta se quedó sobre la mesa entre nosotros.
Ninguno de los dos la tomó.