Una novia entró a su boda creyendo que por fin superaba el duelo. Pero antes de que terminara la noche, su hijita notó algo que todos los demás pasaron por alto, y una inocente advertencia lo cambió todo.
La mañana de mi boda estaba impregnada del aroma de lirios blancos y promesas que parecían más antiguas que la propia habitación. Me senté frente al tocador en la suite nupcial, con el velo ya rozando mi cabello, y me permití creer, por primera vez en tres años, que el capítulo más oscuro de mi vida por fin había terminado.
Sophie estaba sentada con las piernas cruzadas en la alfombra, cerca de mis pies, balanceando sus pequeños zapatos blancos y tarareando bajo su corona de flores.
“Mamá, ¿está torcido?”
Me arrodillé frente a ella y ajusté el pequeño círculo de margaritas que adornaba sus rizos.
“Perfecto. Ahora recuerda lo que practicamos. ¿Cómo se llama el hombre alto del traje gris?”
Puso los ojos en blanco con esa expresión dramática propia de una niña de cinco años.
“Evan. Solo Evan.”
—Así es, cariño.
—¿Por qué no puedo llamarlo papi? Lily, en la escuela, llama papi a su nuevo hijo.
Le acaricié el pelo y procuré hablarle con suavidad.
—Porque ya tuviste un papi. Y nadie puede llevar su nombre. Jamás.
Asintió como si lo entendiera perfectamente, y volvió a tararear.
Evan entró sin llamar, justo como no se supone que debe hacerlo un novio, y me besó la frente antes de que pudiera regañarlo.