Pero ese instante me dijo todo lo que necesitaba saber:
en realidad no creía que Daniel fuera el dueño del lugar.
Ella solo esperaba que entrara en pánico antes de que llegaran los papeles.
Sonreí por primera vez.
“Tienes dos minutos”, le dije, “para agarrar tu bolso y salir sola”.
Se rió en mi cara.
Ese fue su error.
Porque un minuto y cuarenta y tres segundos después, Lorraine Whitmore estaba en el pasillo sin bata, gritándole a seguridad, y mi esposo aún no tenía idea de que el verdadero desastre aún no había comenzado.
Eso vino después.