Lisa susurró: —Lo siento.
Algo dentro de Emily se quedó completamente paralizado.
Se disponía a marcharse, pero se detuvo al ver una ecografía enmarcada sobre la mesa del pasillo, parcialmente oculta bajo una pila de correo sin abrir. Debajo había una nota adhesiva escrita por Daniel.
Se lo diremos pronto.
Fue entonces cuando Emily comprendió: la infidelidad no era la sorpresa.
El embarazo sí.
Emily no recordaba el viaje de vuelta a casa.
Más tarde, fragmentos regresarían con una claridad inquietante: el resplandor rojo del letrero de una farmacia bajo la lluvia, la sensación resbaladiza del volante, el sonido de su respiración demasiado fuerte dentro del coche. Pero el viaje en sí se disolvió en la conmoción.
Cuando cruzó la puerta principal, Daniel estaba en el vestíbulo como si hubiera estado esperando el sonido de su coche. Noah no estaba por ninguna parte. Bien. Al menos no oiría lo que venía después.
Daniel se acercó. «Emily, por favor. Déjame explicártelo todo».
Ella cerró la puerta y lo miró como si fuera un desconocido reconstruido a partir de piezas familiares. El mismo cabello oscuro con canas. La misma figura delgada. El mismo rostro en el que una vez confió cada parte de sí misma sin reservas. Le mostró la ecografía y la nota adhesiva.
Su expresión se quedó vacía.
—Explícame eso —dijo ella.
Por primera vez esa noche, Daniel pareció perder el equilibrio, no físicamente, sino internamente. Sus hombros se encogieron. Abrió la boca y la cerró.
—¿De cuántas semanas está?
No dijo nada.
La voz de Emily se endureció. —¿De cuántas semanas, Daniel?
—Diez semanas.
Soltó una risa incrédula. —Diez semanas. Así que mientras yo planeaba la recaudación de fondos para la escuela de Noah, cocinaba la cena y te preguntaba por qué te sentías distante, ¿estabas dejando embarazada a mi hermana?
—Emily, no se suponía que esto pasara así.