… pero el día que volví a casa a buscar mis ahorros, una sola frase me dejó sin fuerzas
Siempre pensé que yo era un hombre prudente.
Al menos en lo que se refiere al dinero.
Desde pequeño crecí escuchando las mismas palabras de mi madre una y otra vez.
En nuestra casa, en un pequeño pueblo cerca de Saltillo, el dinero no era solo dinero.
Era seguridad.
Era poder.
Era, según ella, la única cosa que podía salvar a un hombre cuando todo lo demás se derrumbara.
Mi madre siempre decía algo que se me quedó grabado en la cabeza:
“Un hombre que entrega todo su dinero a una mujer tarde o temprano termina arrepintiéndose.”
Cuando era niño, esas palabras sonaban exageradas.
Pero con los años empezaron a parecerme razonables.
Sobre todo porque mi madre siempre tenía historias que acompañaban sus consejos.
Historias de hombres del pueblo que lo habían perdido todo.
Uno había confiado completamente en su esposa, y un día ella se fue con otro hombre llevándose todos los ahorros.
Otro había puesto la casa a nombre de su mujer, y después de una pelea ella lo echó a la calle.
Quizás algunas historias eran ciertas.
Quizás otras estaban exageradas.
Pero cuando escuchas lo mismo durante veinte años… termina convirtiéndose en verdad dentro de tu cabeza.
Así crecí.
Con la idea de que un hombre debía ser responsable de su dinero.
Y de que, pase lo que pase, nunca debía entregar el control total.
A los treinta y dos años me casé con Lucía.
Nos conocimos en Monterrey, donde ambos trabajábamos.
Yo era ingeniero en una empresa industrial y ella contadora en una pequeña compañía de logística.
Lucía era una buena mujer.
Tranquila.
Trabajadora.
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