Reservé una isla privada para salvar mi matrimonio… pero mi esposo llegó con su madre y su ex y me puso a servirles como si fuera su sirvienta.
“Cancelación inmediata confirmada. Reembolso procesado.”
Sentí una paz tan profunda que casi me dio miedo.
Pero no me detuve ahí.
Abrí la aplicación del banco. Cancelé las tarjetas adicionales de Rodrigo. Cerré su acceso a la cuenta conjunta. Transferí mis inversiones personales al fideicomiso que mi abogada me había recomendado meses atrás, cuando empecé a sospechar que mi matrimonio ya no era un matrimonio, sino una estafa con flores de aniversario.
Luego abrí el archivo que guardaba bajo el nombre “Seguros oficina”.
Ahí estaban los estados de cuenta que mi contador había encontrado: depósitos de Rodrigo a una cuenta ligada a Valeria. Renta de un departamento en Santa Fe. Bolsas, joyas, restaurantes. Dieciocho meses de mentiras pagadas con dinero que él decía administrar “para nuestro futuro”.
Volví la vista al muelle justo cuando el encargado se acercaba con una tablet en la mano.
—Señor Salvatierra —dijo—, recibimos una alerta de cancelación total. El hidroavión y la villa han sido anulados.
Rodrigo se quitó los lentes.
—Eso es imposible. Mi esposa acaba de hacer el check-in.
—La titular de la reserva canceló todo —respondió el hombre—. Si desea reservar nuevamente, necesitamos un pago inmediato de 150.000 dólares.
Doña Graciela se puso pálida.
—Rodrigo, paga y vámonos. Esta mujer quiere llamar la atención.
Rodrigo sacó su tarjeta platino con gesto arrogante.
El encargado la pasó una vez.