Trabajó 5 años en el desierto para darles una vida de reyes, pero al regresar en secreto descubrió el infierno que su propia madre escondía en el patio trasero
“Acabo de cancelar todas las tarjetas de crédito adicionales y vacié la cuenta a la que te depositaba”, dictaminó Mateo, pulsando la pantalla de su teléfono. “Están en la ruina absoluta. Y ahora, van a salir de mi casa. De la casa de mi esposa”.
“¡No puedes hacernos esto, somos tu sangre! ¡Tenemos invitados de honor allá adentro, el alcalde está en la sala!”, chilló Valeria, desesperada.
“Entonces será un espectáculo maravilloso para el alcalde”, respondió Mateo.
Sin perder un segundo más, Mateo empujó brutalmente la puerta de la cocina y caminó hacia la sala principal, llevando a Lucía de la mano y cargando a Leo en su otro brazo. Al entrar, la escena era dantesca: decenas de personas vestidas de gala, bebiendo champán sobre muebles importados.
Mateo caminó directamente hacia el estéreo modular de última generación y desconectó los cables de un tirón. La música de banda se cortó de golpe. El silencio que inundó la mansión fue abrumador. Todos los invitados giraron a mirar al hombre cubierto de polvo, con mirada asesina, que sostenía a una mujer desnutrida en harapos.
“¡La fiesta se acabó!”, rugió Mateo con una voz que hizo temblar los candelabros del techo. “¡Lárguense de mi casa ahora mismo, o llamo a la Guardia Nacional por allanamiento de morada!”
Los invitados, murmurando escandalizados y muertos de vergüenza al ver la situación, comenzaron a huir apresuradamente hacia la puerta principal, dejando sus abrigos y copas a medio terminar. En menos de cinco minutos, la mansión quedó completamente vacía de extraños.
Doña Carmen y Valeria se quedaron de pie en medio de la inmensa sala de mármol, sollozando, intentando suplicar perdón, apelando al amor de madre, a los lazos de sangre. Pero para Mateo, esas dos mujeres ya estaban muertas.
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