El cemento se convirtió en campos.
Las sirenas enmudecieron.
El aire se sentía diferente, de alguna manera más antiguo.
Durante el largo viaje, Daniel ensayó mil disculpas en su cabeza. Frases cuidadosamente elaboradas para proteger el poco orgullo que le quedaba.
Pero había algo que no podía ensayar.
La extraña sensación de que algo lo esperaba al final del camino.
Algo que podría destruirlo todo.
Cuando el GPS finalmente anunció que había llegado, Daniel frenó bruscamente.
Se quedó inmóvil al volante.
Porque lo que tenía delante… no era una casa.
Parecía más bien una herida.
La pequeña estructura de madera se inclinaba ligeramente hacia un lado. La pintura se había descascarillado hacía años. Partes del tejado se hundían. Los escalones del porche estaban agrietados y desnivelados.
El tipo de lugar que la riqueza de Daniel Whitmore había ignorado durante toda su vida.
Y sin embargo… esa era la dirección.
Salió de la camioneta con un pequeño ramo de flores silvestres que había comprado en un puesto de carretera.
Se sintió ridículo al instante.
¿Flores?
¿Después de nueve años?
Una ráfaga de viento arrancó un pétalo y lo arrastró por el patio polvoriento. Daniel tragó saliva con dificultad y llamó a la puerta.
—¿Emily? —llamó.
Su voz sonaba desconocida, casi frágil.
La puerta se abrió lentamente con un crujido.
Y allí estaba.
Emily… y sin embargo, no era la Emily que recordaba.
Su cabello, antes rubio, ahora tenía canas y estaba recogido en un sencillo moño. Sus manos se veían ásperas, marcadas por años de duro trabajo.
Pero lo que más lo impactó fueron sus ojos.
Seguían siendo del mismo azul suave.
Pero la calidez había desaparecido.