De repente, Jim gritó:
“¡Alto! ¡Alto!”, se abalanzó sobre el ataúd, sollozando. “¡Mamá dijo que no era ella!”
El ambiente se tornó gélido.
“Jim…”, murmuró Diego, arrodillándose a su lado. “Mi amor, ¿qué dices?”
“¡No es mi mamá!”, exclamó Jim, con lágrimas corriendo por su rostro. “¡Mamá dijo que no era ella! ¡Mamá dijo que todavía tenía frío, miedo y que no podía respirar!”
El silencio se volvió eléctrico.
Una de las tías suspiró. Algunos se cruzaron de brazos, nerviosos. El sacerdote interrumpió el ritual.
“No lo entiende”, murmuró un primo. “Es solo un niño… está confundido.”
Pero Diego estaba pálido. Sostuvo los hombros temblorosos de su hijo.
“Jim, ¿cuándo te dijo eso tu mamá?”
Jim señaló su habitación:
“Anoche. Se sentó al borde de mi cama, me tomó de la mano y me pidió que te lo contara”.
Entonces todo sucedió muy rápido.
Volvieron a abrir el ataúd. Llamaron al forense. Examinaron el cuerpo con detenimiento.
En menos de 48 horas, se reveló la impactante verdad: