La mujer dentro del ataúd no era Mariana.
El collar: un diseño común usado por cientos de personas.
La ropa: prestada de una compañera de trabajo la semana anterior.
Las huellas dactilares: dañadas por el agua, pero no coincidían.
Las pruebas de ADN confirmaron: no había coincidencia.
La mujer a la que habían enterrado en nombre de Mariana era una desconocida.
Cuando se supo la noticia, la policía inició la búsqueda.
Al quinto día, la encontraron: Mariana. Viva. Débil. Temblorosa. Pero respirando.
Había estado atrapada en una cabaña abandonada, a un kilómetro río abajo de donde habían encontrado el cuerpo falso. Confundida, herida, abandonada… pero viva.
Un caso de identidad equivocada, dijeron.
O quizás algo más oscuro.
Mariana apenas recordaba nada: recuerdos borrosos de obedecer, de ser empujada, luego oscuridad, hasta que despertó con frío, atada, sola.
Recordaba haber rezado… y soñó con su hijo llorando junto al ataúd… su propio ataúd.
—¿Cómo lo supiste? —le preguntaron los periodistas a Jim, rodeado de cámaras y elogios.
El niño se encogió de hombros, abrazando su juguete:
—Mamá me lo dijo —respondió simplemente—. Me dijo que tenía que ser valiente y detenerlos.
EPÍLOGO