PARTE 1
“¿Tu amante está embarazada y me trajiste aquí solo para que tu familia te viera humillarme?” Esas fueron las primeras palabras que pronuncié al ver a Valeria sentada en mi silla, a la cabecera de la mesa del comedor en la casa de la familia Santillán en Lomas de Chapultepec. Había pasado toda la tarde preparando mole de almendras, arroz blanco, ensalada de nopal y flan de cajeta, intentando una vez más ganarme la aprobación de una familia que siempre me había mirado como si no fuera digna de su apellido. Pero mi esposo, Alejandro Santillán, ni siquiera tuvo la decencia de apartar la mirada.
Valeria estaba sentada allí, con un vestido color esmeralda y una sonrisa fingida, una mano sobre el vientre mientras la otra sostenía la mano de mi esposo. Doña Graciela, mi suegra, sonrió como si finalmente se hubiera hecho justicia.
“Que le dé un hijo a mi hijo, Mariana. Le has fallado durante años”.
El suelo de mármol pareció desvanecerse bajo mis pies.
—Alejandro, dime que esto es una broma.
Se levantó de su asiento, refinado, frío y cobarde.
—Valeria está embarazada. Nos casaremos en cuanto firmes los papeles del divorcio.
—Pero seguimos casados.
Mi suegro miraba fijamente su bebida. Los primos actuaron como si no hubieran oído nada. Nadie habló por mí. Nadie lo calificó de cruel. Doña Graciela me empujó una carpeta.
—Fírmala y vete con dignidad. Ya has avergonzado a esta familia suficiente tiempo.
La abrí. Todo estaba preparado: papeles de divorcio, renuncia a bienes y una exigencia de silencio. Mi nombre aparecía en cada página, no como el de una esposa, sino como el de un problema que querían borrar.
—No voy a firmar.
Antes de que pudiera retroceder, Doña Graciela me golpeó y tropecé contra una silla. Entonces me agarró del pelo, gritando que era inútil, que no valía nada y que era una carga. Alejandro no hizo nada. Simplemente se quedó allí, mirando cómo su madre destrozaba la poca dignidad que me quedaba.
—¡Defiéndeme! —le rogué.
Apretó la mandíbula.
—No lo hagas más difícil, Mariana.
Esa noche, me echaron de la casa bajo la lluvia. Mis maletas cayeron cerca de la puerta como basura. Alejandro se acercó, solo para soltarme una última mentira.
—Nunca te amé. Te casaste conmigo porque insististe hasta que me cansé de decir que no.
Me senté en un banco, empapada, temblando, con la boca herida y el pecho vacío. No sé cuánto tiempo pasó antes de que todo se volviera oscuro. Cuando desperté, estaba en un hospital público. Una joven enfermera estaba junto a mi cama, revisando mi expediente.