En ese momento, sonó mi teléfono. Era Teresa. Contesté con manos temblorosas.
“Mariana”, dijo, “aquí está el resultado.”
Cerré los ojos.
“¿Y?”
Su silencio duró solo dos segundos, pero se sintió interminable.
“Mateo es el hijo biológico de Alejandro Santillán.”
Fuera de la ventana, un auto negro se detuvo frente al edificio. Y supe que la verdadera guerra apenas comenzaba.
PARTE 3
La primera vez que Alejandro conoció a Mateo, no fue en una mansión ni en un restaurante caro. Ocurrió en el consultorio de una terapeuta infantil, con cámaras, acuerdos firmados y mi abogado esperando afuera. Mateo entró con su dinosaurio azul en brazos. Alejandro se levantó, pero enseguida volvió a sentarse para no asustarlo.
“Hola, Mateo. Soy Alejandro.”
Mi hijo lo observó con una seriedad impropia de un niño de seis años.
“Mi mamá dice que eres mi papá biológico.”
Alejandro tragó saliva.
“Sí. Lo soy.”
“¿Sabes algo sobre dinosaurios?”