—Señora Mariana —dijo con dulzura—, tiene cinco semanas de embarazo.
La miré fijamente, incapaz de comprender.
“Eso es imposible. Me dijeron que no podía tener hijos.”
Me dedicó una leve sonrisa.
“Bueno, parece que tu bebé no está de acuerdo.”
Lloré en silencio. El heredero que habían exigido durante años crecía dentro de la mujer a la que acababan de desechar como una deshonra. Esa misma semana, desaparecí. Cambié mi número de teléfono, mi ciudad y mi apellido. Me fui a Guadalajara casi sin nada, excepto la vida que aún latía dentro de mí.
Seis años después, mi hijo Mateo era idéntico a Alejandro. Los mismos ojos. La misma boca seria. La misma expresión concentrada cuando se fijaba en algo. Pero era mío. Mi milagro. Mi razón para levantarme de nuevo. Trabajé primero en pequeñas cocinas, luego en banquetes, después en eventos privados para empresarios y políticos. Nadie sabía que la chef que servía cenas de lujo había dormido durante meses en una habitación prestada con un recién nacido en brazos.
Hasta que una noche, en una gala gastronómica en la Ciudad de México, me topé con alguien al salir del salón.
—Lo siento —dije sin levantar la vista.
Una mano me agarró del brazo.
—Mariana.
Se me heló la sangre. Alejandro Santillán estaba frente a mí, pálido y mayor, mirándome como si hubiera visto un fantasma.
—Estás muerta —susurró.
Y en ese instante, comprendí que alguien no solo me había sacado de su vida, sino que había enterrado mi nombre. No tenía ni idea de lo que estaba a punto de suceder.
PARTE 2
—Suéltame —dije.
Alejandro me soltó el brazo como si mi piel lo hubiera quemado.
—Mariana… fui a tu funeral.
Me reí, pero no había alegría en mi risa, solo amargura.
—Qué interesante. No me invitaron.