Parpadeó.
“No lo suficiente. Pero quiero aprender.”
Mateo dejó el juguete sobre la mesa.
“Se llama Trueno. Solo confía en la gente valiente.”
Alejandro miró al dinosaurio, luego a mí.
“Entonces tendré que aprender a ser valiente.”
Esa frase me dolió más de lo que esperaba, porque la valentía era precisamente lo que le había faltado cuando más lo necesitaba. Las visitas transcurrían lentamente. Treinta minutos. Luego una hora. Más tarde, salidas supervisadas al parque. Alejandro no traía coches caros ni regalos imposibles. La terapeuta le dijo que no confundiera la presencia con los regalos, y por primera vez en su vida, escuchó a alguien que no fuera su madre.
Mateo hacía preguntas con la honestidad propia de los niños.
“¿Por qué no ayudaste a mi mamá?”
Un día, Alejandro respondió.