El grito retumbó en el pasillo y me clavó en las baldosas frías, como si fuera una criminal atrapada en el acto, con el corazón galopando en mi pecho viejo.
Soy Francisca. Tengo 68 años y he alimentado a medio barrio con mis manos, pero aquí parezco sobrar. Mi yerno cree que soy una carga apestosa, pero se le olvidó leer el nombre en las escrituras de esta casa.
Siempre he sido una mujer de sueño ligero, de esas que se despiertan cuando cambia el viento o cuando un gato maúlla tres calles más allá. Supongo que son gajes del oficio.
Pasé 40 años dirigiendo la cocina de La Olla de Cobre, mi pequeño restaurante en el centro. Allí, si te dormías, se te quemaba el arroz o te robaban los proveedores. Aprendí a estar alerta, a ser eficiente, a no dejar pasar ni una, pero la vejez es traicionera. Te va quitando la seguridad en tu propio cuerpo poco a poco, como el mar que se come la arena de la playa, sin que te des cuenta hasta que ya no queda dónde poner la toalla.
Esa noche mi estómago me jugó una mala pasada. Quizás fueron los frijoles de la cena o simplemente que mis tripas ya no tienen la paciencia de antes. Me levanté con ese dolor sordo y urgente que conocemos bien los viejos, arrastrando mis pantuflas por el pasillo para no hacer ruido. Intenté ser sigilosa como un fantasma en mi propia casa, y digo mi propia casa con toda la intención, aunque a veces, por cómo me miran, pareciera que soy una invitada indeseada que se ha quedado demasiado tiempo.
El baño de este departamento tiene una acústica terrible y las tuberías crujen como huesos viejos. Hice lo que tenía que hacer, lidiando con la vergüenza de que mi cuerpo ya no funcionara como un reloj suizo. Tiré de la cadena, o al menos eso intenté. La palanca estaba floja, un arreglo que Roberto, mi yerno, había prometido hacer hace tres semanas y que, por supuesto, no había hecho. El agua bajó con timidez, sin fuerza, dejando evidencia de mi urgencia nocturna.
Fue entonces cuando se encendió la luz del pasillo, cegándome por completo. Roberto estaba allí, parado en el marco de su puerta, con los ojos hinchados de sueño y una mueca de asco que me partió el alma más que cualquier golpe. No llevaba camisa y sus brazos cruzados marcaban una barrera infranqueable entre su juventud arrogante y mi vejez vulnerable.
“¡Por Dios, Francisca!”, bramó sin importarle que fueran las 3 de la madrugada. “¡Vieja inútil! ¿Es que no sabes ni usar el inodoro? ¡Apesta toda la casa!”
Sus palabras no fueron solo sonido, fueron latigazos. Me quedé paralizada, con la mano aún puesta en la manija defectuosa del inodoro, temblando no de frío, sino de una humillación caliente que me subía por el cuello. El olor, es cierto, no era a rosas, pero era el olor de la humanidad, de la enfermedad, de la vejez.
“Roberto, la palanca no…”, intenté explicar con la voz quebrada, sintiéndome pequeña, diminuta, como una niña regañada.
“Excusas”, me cortó, tapándose la nariz con una teatralidad que me dolió más que el insulto. “Siempre tienes una excusa. Hueles a muerto, Francisca, a pura podredumbre. Cierra esa puerta y echa desodorante. Tengo que trabajar mañana y tú no dejas dormir con tus porquerías.”
Dio un portazo que hizo vibrar los cuadros en las paredes, esos cuadros que yo compré, esas paredes que yo pinté.
Me quedé sola en la luz cruda del baño, mirándome en el espejo manchado de pasta de dientes que ellos nunca limpian. La mujer que me devolvía la mirada tenía el pelo gris revuelto y los ojos aguados. Pero detrás de esa capa de tristeza vi algo más. Vi a la Francisca que levantó un negocio de la nada cuando su marido murió. Vi a la mujer que pagó la carrera de su hija Lucía vendiendo miles de empanadas y guisos.
Vieja, inútil, había dicho. Apesta.
Limpié el baño. Lo limpié con una furia silenciosa. A las 3:30 de la mañana eché cloro. Restregué la porcelana hasta que mis nudillos se pusieron blancos. Rocié el ambientador de lavanda hasta que el aire se volvió irrespirable por el perfume químico. No lo hice por él, lo hice porque yo no soy una sucia. Soy una mujer decente.
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