Usé el baño de madrugada. Mi yerno despertó y gritó: “¡Vieja inútil, ¿no sabes bañarle al inodoro?! ¡Apesta toda la casa!” Me sentí una basura. Limpié el baño en la mañana. Al irse ellos al trabajo, llamé al camión… de mudanza para llevar todo…
Regresé a mi cuarto, pero el sueño se había escapado por la ventana. Me senté en el borde de mi cama, acariciando las sábanas de algodón que traje de mi antigua casa. Mi habitación es pequeña, la más pequeña del departamento, porque cuando me mudé aquí hace dos años, insistí en que ellos tuvieran la principal. “Para que tengan su espacio”, les dije. Qué tonta fui.
Lucía, mi hija, no salió de su cuarto durante los gritos. Sé que escuchó. Tiene el sueño ligero como yo. Su silencio fue peor que los gritos de Roberto. Su silencio fue la confirmación de que ella también, en algún rincón oscuro de su mente, pensaba lo mismo: que soy un estorbo, que huelo mal, que estorbo.
Esperé a que amaneciera. Escuché los sonidos de la ciudad despertando: el camión de la basura, los primeros autobuses, el pitido lejano de las fábricas. Cada sonido me recordaba que el mundo seguía girando, indiferente a mi dolor. Pero yo no soy de las que se quedan lamiéndose las heridas. Mi padre siempre decía: “Si te caes, te levantas y revisas qué traes en los bolsillos”.
A las 7 de la mañana salí a la cocina. Preparé café como hago todos los días. El aroma del café recién colado, fuerte y oscuro, comenzó a pelear contra el olor a lavanda química del baño. Puse la mesa.
Roberto salió primero, vestido con su traje barato y esa corbata que nunca sabe combinarse bien. Pasó por mi lado sin mirarme, fue directo a la cafetera, se sirvió una taza y se la bebió de pie, mirando el celular. Ni un buenos días, ni una disculpa, nada. Para él yo era un mueble más, uno que a veces olía mal y había que tolerar.
Luego salió Lucía. Ella sí me miró, pero fue una mirada huidiza, culposa.
“Mamá…”, empezó con voz suave.
“Siéntate a desayunar, mi hija”, le dije con un tono tan plano que hasta yo me sorprendí. No había cariño, solo hábito.
“Roberto estaba muy cansado anoche”, susurró ella, untando mantequilla en una tostada con nerviosismo. “Ya sabes cómo se pone cuando lo despiertan. No le hagas caso.”
“No le hago caso”, respondí, dándole la espalda para lavar una cuchara que no estaba sucia. “Coman, que se les hace tarde.”
Roberto resopló desde la sala, buscando sus llaves.
“Dile que para la próxima cierre la puerta herméticamente. En serio, Lucía, es insoportable. Parece que vivimos en un asilo.”
Lucía no lo defendió. Tampoco me defendió a mí. Solo bajó la cabeza y mordió su tostada.
En ese momento, algo se rompió dentro de mí. No fue un hueso ni una arteria. Fue el último hilo de esperanza que tenía de que esto fuera una familia.
Miré alrededor del departamento. La mesa de roble macizo donde estaban comiendo era mía, herencia de mi abuela. El sofá de cuero italiano donde Roberto ponía sus pies sucios era mío, comprado con las ganancias de mi mejor año en el restaurante. El refrigerador de doble puerta, el microondas, la lavadora, la televisión de pantalla plana de 60 pulgadas… Todo era mío.
Cuando vendí mi casa grande y el restaurante para descansar, utilicé ese dinero para comprar este departamento. Lo puse a mi nombre, gracias a Dios y a la insistencia de mi notario, un viejo amigo que no confiaba en los yernos modernos. Pero dejé que ellos creyeran que me hacían un favor al cuidarme. Les permití vivir aquí sin pagar renta, solo compartiendo los gastos de servicios para que pudieran ahorrar y comprarse lo suyo algún día.
Pero en dos años no han ahorrado un peso. Han viajado, han comido fuera, han comprado ropa de marca, y yo soy la vieja inútil.
“Nos vamos”, dijo Roberto desde la puerta, sin despedirse de mí. “Lucía, apúrate.”
“Adiós, mamá. Nos vemos en la noche”, dijo mi hija, dándome un beso rápido en la mejilla, un beso seco de compromiso.
“Que les vaya bien”, dije. Y lo decía en serio. Quería que les fuera bien, lejos de mí.
La puerta se cerró con el click metálico de la cerradura. El silencio volvió a llenar el departamento, pero esta vez no se sentía solitario, se sentía lleno de posibilidades.
Me acerqué a la ventana y los vi salir del edificio. Roberto caminaba rápido, mirando su teléfono, y Lucía trotaba detrás de él, intentando seguirle el paso. Se subieron a su auto, un modelo reciente que compraron hace tres meses, porque el viejo ya no tenía estilo.
Suspiré y me di la vuelta. Caminé hacia el centro de la sala y me paré allí, sintiendo el espacio.
“Vieja inútil”, repetí en voz baja, probando el sabor de las palabras. Sabían a ceniza, pero también a gasolina.
Fui a mi habitación y abrí el cajón de mi mesita de noche. Allí, debajo de mis rosarios y mis medicinas para la presión, estaba mi vieja libreta de contactos, la libreta de La Olla de Cobre. Pasé las páginas amarillentas con mis dedos arrugados pero firmes. Busqué en la letra M: Mercado Mario Mecánico, Mudanzas, Mudanzas El Toro.
Don Anselmo, el dueño, había sido cliente mío por 20 años, un hombre de palabra de esos que ya no quedan. Decía que mis guisos de carne le daban fuerza a sus muchachos para cargar pianos.
Marqué el número en mi celular. Mi pulso no temblaba. De hecho, me sentía más tranquila que en años.
“Bueno”, contestó una voz ronca al tercer timbrazo.
“Don Anselmo, habla Francisca. La de La Olla de Cobre.”
Hubo una pausa y luego una risotada cálida al otro lado de la línea.
“Doña Francisca, qué milagro. ¿Cómo está la mejor cocinera de la ciudad? Hace siglos que no sabemos de usted.”
“Estoy bien, Anselmo, o mejor dicho, voy a estar bien. Necesito un servicio.”
“Lo que usted mande, doña. ¿Qué hay que mover?”
Miré a mi alrededor, miré el sofá de cuero, miré la mesa de roble, miré las cortinas de seda, miré hacia la cocina, donde brillaban mis electrodomésticos.
“Todo, Anselmo”, dije con voz firme. “Necesito el camión más grande que tenga y lo necesito ahora mismo. Voy a vaciar el departamento.”
“¿Ahora mismo?”, preguntó sorprendido.
“Es una urgencia.”
“¿Digamos que sí, una urgencia sanitaria?”, respondí. Y una sonrisa irónica se dibujó en mis labios. “Al parecer hay un mal olor en la casa y necesito sacarlo todo para que se ventile. ¿Entendido?”
“En 40 minutos estamos ahí con el equipo completo. ¿A dónde llevamos las cosas?”
“A la bodega que tienen ustedes en el sur. Por ahora quiero que todo se guarde allí. Yo me iré a un hotel unos días.”
“Hecho. 40 minutos. Vaya empacando lo delicado.”
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