Usé el baño de madrugada. Mi yerno despertó y gritó: “¡Vieja inútil, ¿no sabes bañarle al inodoro?! ¡Apesta toda la casa!” Me sentí una basura. Limpié el baño en la mañana. Al irse ellos al trabajo, llamé al camión… de mudanza para llevar todo…
Colgué el teléfono y sentí una oleada de adrenalina. No era miedo, era poder.
Me dirigí a la cocina y saqué unas bolsas de basura negras, grandes y resistentes. Fui al baño, ese baño que había sido el escenario de mi humillación horas antes. Abrí el gabinete de Roberto, saqué su colonia cara, sus cremas, su rasuradora eléctrica. Todo fue a parar a una bolsa.
Fui al cuarto de Lucía, su maquillaje, sus joyas de fantasía que dejaba tiradas por todos lados, a la bolsa.
No. Espera.
Me detuve. Eso sería rebajarme a su nivel. Eso sería vandalismo. Yo no soy así.
Saqué las cosas de las bolsas y las dejé cuidadosamente sobre la cama de ellos. No iba a tocar sus cosas personales. Iba a llevarme mis cosas. Y el problema para ellos es que en esta casa hasta el aire que respiran parece que lo compré.
Yo me moví con una energía que creía perdida. Comencé a descolgar los cuadros. Envolví las figuras de porcelana en papel periódico. Desconecté la televisión gigante. Vacié el refrigerador de mi comida, dejando solo sus yogures dietéticos y sus cervezas en el suelo de la cocina, porque el refrigerador también se iba.
Mientras trabajaba, recordé cada sacrificio. Recordé las quemaduras en mis brazos por el aceite hirviendo para pagar la universidad de Lucía. Recordé las noches sin dormir, haciendo cuentas para que no les faltara nada. Recordé cuando Roberto perdió su primer empleo y yo les llené la despensa durante seis meses sin pedir un centavo.
Vieja inútil.
Me miré las manos. Manos de trabajadora, manos que han amasado, limpiado, cargado y cuidado. Estas manos no son inútiles. Estas manos construyeron este imperio doméstico y estas mismas manos lo van a desmantelar.
El timbre sonó exactamente 40 minutos después. Don Anselmo llegó con tres muchachos jóvenes y fuertes.
“Doña Francisca”, me saludó con un abrazo que olía a tabaco y sudor honesto. “Pero si está usted igualita.”
“Gracias, Anselmo. Pasen, pasen. No tenemos mucho tiempo. Quiero que se lleven todo lo que tenga una etiqueta verde.”
Había pasado los últimos 20 minutos pegando pedacitos de cinta adhesiva verde en cada mueble, cada electrodoméstico, cada lámpara. Básicamente, todo el departamento estaba lleno de puntos verdes.
“¿Y lo que no tiene etiqueta?”, preguntó uno de los muchachos, mirando alrededor. Se refería a un par de sillas de plástico baratas que ellos habían traído para la terraza y un colchón viejo que tenían en el cuarto de visitas.
“Eso se queda”, dije, “para que no digan que los dejé sin nada.”
Comenzaron a trabajar. Ver cómo desarmaban la sala fue extrañamente satisfactorio. Era como ver una cirugía necesaria para extirpar un tumor.
El sofá salió por la puerta. La mesa de comedor le siguió. Las alfombras fueron enrolladas. Los vecinos se asomaron.
Doña Gertrudis, la del 402, una chismosa profesional, salió con sus tubos en la cabeza.
“¿Se muda, vecina?”, preguntó con los ojos muy abiertos.
“No exactamente, Gertrudis”, le respondí con calma, sosteniendo la puerta para que pasaran el refrigerador. “Solo estoy haciendo una limpieza profunda. Ya ve que a veces se acumula mucha basura y uno tiene que sanear el ambiente.”
A las 11 de la mañana, el departamento era un eco, un cascarón vacío con marcas en el suelo donde antes hubo vida. En la cocina solo quedaba el fregadero, porque está pegado a la pared, y la estufa, que desgraciadamente era del edificio. En la sala, nada. En mi cuarto, nada. En el cuarto de ellos, solo su colchón en el suelo y sus montones de ropa que tuve que sacar del armario de madera de cedro, que por supuesto también era mío.
Me paré en medio de la sala vacía. El sol entraba sin obstáculos por las ventanas sin cortinas, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Se veía más grande, más luminoso y, por primera vez en dos años, olía a limpio. De verdad.
Saqué mi juego de llaves. Las llaves pesadas de bronce que abrían la puerta principal y la de seguridad. Las acaricié con el pulgar. Todavía faltaba el toque final. No bastaba con irme. Tenía que asegurarme de que el mensaje llegara claro y fuerte, sin posibilidad de malas interpretaciones.
Fui al baño. El inodoro seguía allí, blanco y solitario. Saqué de mi bolsa un marcador permanente negro de punta gruesa. Me agaché frente a la tapa del inodoro. Mi pulso seguía firme.
Escribí sobre la porcelana blanca de la tapa, con letras grandes y claras: “Aquí tienen el único trono que se merecen. Úsenlo con salud.”
Luego salí al pasillo del edificio. Don Anselmo me esperaba abajo, en la cabina del camión. Cerré la puerta del departamento. Le di dos vueltas a la cerradura, pero no me fui todavía. Saqué mi teléfono una vez más. Tenía que hacer una llamada más antes de subirme a ese camión y empezar mi nueva vida. Una llamada que cambiaría las reglas del juego definitivamente, porque llevarse los muebles era solo el principio.
Marqué el número de la inmobiliaria que administra el edificio.
“Licenciado, habla Francisca. Sí, la dueña del 5B. Tengo instrucciones nuevas sobre el contrato de arrendamiento que técnicamente nunca firmamos con los actuales ocupantes. Sí, escuche con atención porque esto le va a interesar.”
Mientras hablaba, escuché el ascensor abrirse. Mi corazón dio un vuelco, pensando que habían regresado temprano, pero solo era el repartidor de agua. Le sonreí. Hoy era un gran día. Hoy la vieja inútil iba a demostrar que todavía sabe cómo cocinar un plato que se sirve mejor frío.
Bajé las escaleras sintiendo mis piernas más ligeras que nunca, lista para ver el mundo arder desde la primera fila.
El silencio de la habitación 405 del hotel Plaza Real era tan profundo que al principio me zumbaban los oídos. No había portazos ni resoplidos de impaciencia, ni esa televisión gigante encendida a todo volumen con programas de gente gritando.
Me senté en el borde de la cama, una cama inmensa con sábanas blancas y almidonadas que olían a limpio. No a ese ambientador barato de lavanda con el que intenté tapar mi vergüenza horas atrás.
Puse mi bolso sobre el edredón. Mis manos, que horas antes temblaban de humillación frente a un inodoro malogrado, ahora se movían con una precisión quirúrgica.
Saqué una carpeta de cuero desgastado, esa que Roberto siempre miraba con desdén porque decía que olía a viejo. Lo que mi yerno nunca se molestó en saber es que dentro de ese cuero viejo estaba la historia de mi vida y, más importante aún, el título de propiedad de la jaula de oro donde él dormía.
Abrí la carpeta y extendí los documentos sobre la cama. Allí estaba todo. Las escrituras del departamento, registradas únicamente a nombre de Francisca Elena Morales. Los estados de cuenta de mis inversiones, el dinero de la venta de La Olla de Cobre y los recibos de los servicios domiciliarios.
Durante dos años me había hecho pequeña, me había encogido para caber en el hueco que ellos me dejaron, pidiendo perdón por existir, por ocupar espacio, por tener necesidades fisiológicas.
“Vieja inútil”, me había dicho.
Miré los números en los papeles. Mis ojos recorrieron las cifras de mis ahorros, fruto de 40 años de levantarme a las 4 de la mañana para escoger los mejores tomates en el mercado de abastos.
“Inútil”, susurré, y la palabra sonó ridícula en el aire acondicionado de la habitación. “Inútil.”
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