“Quería conocerlas bien”, explicó él dejando la bolsa sobre la mesa de la cocina con naturalidad, como si fuera algo que hacía todos los días. “Saber si necesitan ayuda en algo, si hay algo que pueda hacer. La valla de afuera está medio caída, la vi cuando llegué. Puedo mandar a gente mañana mismo a arreglarla. No es molestia ninguna.” “¿Y qué intenciones tienes?”, preguntó Aurora sin rodeos, cruzándose de brazos y mirándolo directo a los ojos sin pestañear. “No me vengas con cuentos ni con rodeos. Soy sencilla y pobre, pero me gusta tener las cosas claras desde el principio. Si vienes a comprar a mi hija con regalos, ya puedes ir dándote la vuelta.”
“No intento comprar a nadie”, contestó él con la misma franqueza, sosteniendo su mirada sin apartar los ojos. “El dinero no sirve para eso y el que crea que sí, no ha entendido nada de la vida. Solo pienso que en los momentos difíciles a veces hace falta alguien de fuera que ayude sin condiciones y sin cobrar nada a cambio, sin esperar nada. Su hija salvó a mi niño, lo arrancó de la muerte cuando ya no había esperanza y yo vi cómo la echaban de su propia boda como si fuera basura. No estuvo bien. Quiero estar cerca si ella me lo permite. Si no me lo permite, me iré y no volveré a molestar.”
Aurora se fijó en sus manos mientras hablaba, grandes, con callos en las palmas, con pequeñas cicatrices de quien ha trabajado con ellas, manos de alguien que conocía el trabajo físico, aunque ahora firmara contratos millonarios, no las manos delicadas de un señorito que nunca había tocado nada más duro que un bolígrafo. Había oído que Gonzalo Elías había empezado de albañil a los 18 años, poniendo ladrillos bajo el sol, y que había construido su imperio desde cero, sin herencias ni enchufes. “No vienes aquí a presumir ni a hacerte el importante”, dijo al cabo de un rato con el gesto algo más suave, aunque todavía cauteloso. “Se te nota. Mientras sigas comportándote como un ser humano decente y quieras bien a tu hijo, ya veremos con el tiempo qué clase de hombre eres de verdad. Las personas se conocen con los años, no con las visitas.”
Más tarde, cuando Aurora se fue a la cocina a preparar la cena con las cosas que él había traído y empezó a sonar el ruido familiar de las ollas y las sartenes, Gonzalo le habló a Lucía en voz baja, casi en un susurro, para que la madre no escuchara desde la otra habitación. “Puedo esperar como amigo el tiempo que haga falta”, dijo mirándola con una seriedad tranquila. “Meses, años, lo que necesites. Si no quieres verme más, dímelo y no volveré. No voy a presionarte ni a perseguirte. Solo dímelo con claridad y lo respetaré.” “No desaparezcas”, respondió ella, mirando por la ventana el cielo del atardecer que se teñía de violeta. “Pero necesito tiempo, mucho tiempo. Tengo el corazón hecho pedazos y no quiero pegarlo mal ni demasiado rápido. No quiero saltar de una relación a otra sin haber sanado la primera.” “Todo el que necesites”, dijo él simplemente y no añadió nada más.
Una semana después, Lucía volvió al hospital con una mezcla de alivio y aprensión. Se puso de nuevo la bata blanca que tanto había echado de menos. Recorrió los pasillos conocidos, saludando a compañeros que la miraban con mezcla de curiosidad y respeto, respiró el olor a desinfectante y a comida del carrito del almuerzo, que siempre llegaba a las 12 en punto, y sintió que estaba en su lugar, que aquí era donde pertenecía. La medicina era lo único que nunca la había traicionado, lo único que siempre respondía igual. Si hacías bien tu trabajo, los pacientes mejoraban. No había sorpresas desagradables ni cambios de opinión de última hora.
Sin embargo, aquel mismo día, el Dr. Martín Álvarez la llamó a su despacho con una expresión que ella conocía demasiado bien. La de quien trae malas noticias que preferiría no traer, la de quien tiene que hacer algo que le desagrada profundamente. “Ha llegado una queja formal”, dijo sin levantar la vista de los papeles que revolvía sobre el escritorio con visible disgusto. “De la familia Suárez. La han presentado por registro, todo muy oficial. Dicen que abandonaste tu puesto el día de tu boda para atender asuntos personales, que causaste un daño moral a la imagen del hospital con tu conducta y que usaste tu cargo para conseguir contactos con pacientes adinerados y obtener beneficios económicos. Un disparate de principio a fin, por supuesto, pero está por escrito y hay que tramitarlo.”
La acusación de aprovechar su puesto le dolió más que nada, más que los insultos, más que el abandono. Había sacrificado su propia felicidad por ese niño. Se había pasado la noche sin dormir. Había operado al límite de sus fuerzas físicas y mentales. Había perdido su boda, su prometido, 3 años de su vida. Y ahora la pintaban como una oportunista que buscaba contactos entre los ricos. La ironía era tan cruel que casi resultaba cómica.
“El hospital ya ha revisado la documentación”, continuó Martín levantando por fin la vista para mirarla con expresión solidaria. “Parte quirúrgico completo. Historia clínica del niño con todos los datos, grabaciones de las cámaras de seguridad que muestran exactamente a qué hora entraste y saliste. Todo confirma tu versión punto por punto. No hay absolutamente nada a lo que puedan agarrarse. Pero queja es queja. Ya sabes cómo funciona esto. Habrá una comisión interna. No hay manera de evitarlo por mucho que queramos. Es el procedimiento.”
El día de la comisión, Lucía se vistió con su mejor traje de chaqueta, el que guardaba para congresos y ocasiones importantes, y se presentó en la sala de reuniones del segundo piso con 15 minutos de antelación. En la sala se sentaron el director del hospital, el doctor Ramírez, con sus gafas de cristal grueso que le daban aspecto de búho, representantes del sindicato médico con sus carpetas llenas de normativas, el abogado del centro, un hombre calvo y meticuloso que tomaba notas de todo, y Sergio Suárez, en representación de la familia del exnovio, que había insistido en asistir para velar por los intereses de los afectados.
Sergio se quedó en un rincón de la sala sin atreverse a mirar a Lucía
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