“Dame la oportunidad de cambiar, de ser más fuerte, de ser mejor”, insistió él con la voz quebrada. “Puedo aprender. Puedo enfrentarme a mi familia. Puedo ser el hombre que necesitas.” “Hay cosas que se pueden cambiar con esfuerzo, Andrés, y otras que no”, dijo ella con suavidad, casi con compasión. “Hay momentos que si los dejas pasar no vuelven jamás, se van para siempre. Ese momento fue la mañana de nuestra boda cuando elegiste quedarte en casa mientras yo luchaba por una vida. Cuando me pusiste segunda en la lista de prioridades, detrás de tu madre, detrás de tu comodidad, detrás de todo. Ese momento ya pasó y no hay manera de recuperarlo.”
“¿Tienes a alguien?”, preguntó con una desesperación que rayaba en lo patético. “Es por eso, hay otro.” Lucía no mintió, ni se justificó, ni sintió necesidad de dar explicaciones. “Eso ya no tiene importancia. Lo que haya o deje de haber en mi vida ya no es asunto tuyo.” Se dio la vuelta y caminó hacia la verja del hospital sin mirar atrás, sintiendo su mirada clavada en la espalda como un peso que se hacía más ligero con cada paso. Para cuando llegó a la calle principal, ya respiraba mejor.
Dos semanas después de aquella última conversación con Andrés, Aurora tuvo una crisis hipertensiva que la dejó sin habla durante varios minutos aterradores. La ambulancia se la llevó a toda prisa con las sirenas encendidas. La tensión se había disparado tanto que apenas podía articular palabras y los paramédicos intercambiaban miradas preocupadas que Lucía conocía demasiado bien por su trabajo. Pasó la noche entera junto a su cama en el área de medicina interna, sujetándole la mano arrugada y contando cada respiración, cada pitido del monitor, cada movimiento bajo las sábanas. No llamó a nadie. No quería molestar, ni dramatizar, ni crear alarma innecesaria.
Aun así, por la mañana temprano, cuando el sol apenas empezaba a filtrarse por las persianas, Gonzalo apareció en la habitación con un termo de caldo de pollo casero que olía a hogar, una bolsa de fruta fresca y dos cafés humeantes. Una enfermera del turno de noche, al parecer, se lo había cruzado en el pasillo cuando él preguntaba por Lucía y le había contado lo sucedido. “¿Cómo lo supo?”, preguntó Lucía, levantándose de la silla dura y fría en la que había pasado la noche con la espalda dolorida. “Eso no importa ahora”, respondió él, dejando las cosas sobre la mesilla con cuidado de no hacer ruido. “¿Cómo está ella?” “La tensión ya se estabilizó. Los médicos dicen que está fuera de peligro”, contestó frotándose los ojos enrojecidos. “Pero nos dio un buen susto. Por un momento pensé…” No terminó la frase, pero no hacía falta.
Él no hizo preguntas incómodas, no se puso a dar consejos médicos ni a opinar sobre tratamientos, solo dejó el termo en la mesilla, abrió las cortinas para que entrara un poco de luz y le dijo a Aurora, que lo miraba desde la cama con sorpresa y con los ojos todavía nublados por la medicación: “Recupérese pronto, Lucía no sabe estar sin usted y yo no sé estar sin verla sonreír.” Aurora sonrió apenas con las comisuras de los labios temblorosos. “Parece un hombre sensato”, comentó cuando él se marchó discretamente para dejarlas descansar. “No un charlatán de esos que prometen el oro y el moro y luego desaparecen. No habla de más. Me gusta eso.”
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