Michael regresó esa semana. Cada visita confirmaba sus sospechas y revelaba algo peor.
No era simple apatía. Era explotación.
Observó cómo Megan y Troy manejaban el efectivo. Al principio, pequeñas inconsistencias. Pedidos anulados sin sentido. Pagos en efectivo procesados rápidamente y luego borrados. En los momentos de mayor afluencia, cuando los clientes se acumulaban y la atención se dispersaba, el dinero parecía desaparecer en los bolsillos en lugar de en los cajones.
Michael no los confrontó. Documentó.
Se sentó donde podía ver la caja registradora con claridad. Memorizó secuencias. Cronometró las transacciones. Anotó qué turnos presentaban las mayores discrepancias y qué nombres aparecían en los registros.
El patrón se hizo más evidente.
No robaban al azar. Eran cuidadosos. Metódicos.
Y entonces Michael notó algo aún más frío.
Estaban preparando el terreno.
En dos ocasiones distintas, Michael escuchó a Troy mencionar faltantes que coincidían con los turnos de Henry. Megan asentía, añadiendo pequeños detalles que sonaban ensayados.
«Henry siempre paga por los demás», dijo una vez, lo suficientemente alto como para que la oyera un gerente cercano. «Te hace preguntarte de dónde saca el dinero».
Michael sintió un escalofrío.
La amabilidad de Henry no solo estaba siendo objeto de burla. Estaba siendo utilizada como arma.
Al cuarto día, Michael se quedó más tiempo de lo habitual, hasta bien entrada la tarde, cuando el cansancio bajó la guardia de la gente. Fue entonces cuando oyó a Megan decirlo claramente.
«Si esto continúa, alguien tendrá que responder por el dinero que falta», dijo. «Y no seremos nosotros».
Troy se rió. «El viejo ni siquiera se atreve a discutir».
Michael se recostó en su taburete, con el corazón latiéndole con fuerza, mientras todo encajaba.
Esto no era solo un robo. Era un chivo expiatorio premeditado.