Llantos.
No un solo llanto.
Muchos.
Siguió el sonido por un pasillo oscuro hasta una pequeña guardería. Filas de cunas se alineaban una junto a la otra.
Dentro había nueve niñas.
Todas de piel morena.
Todas con grandes ojos marrones.
Todas extendiendo sus frágiles brazos hacia arriba.
Sus llantos se superponían: un gemido, un llanto, otros quejándose, creando un coro desgarrador que llenaba la habitación.
Richard se quedó paralizado.
Nueve bebés.
«Serán separadas».
Una joven enfermera lo vio mirándola fijamente.
Explicó en voz baja que las niñas habían sido encontradas juntas, abandonadas en las escaleras de la iglesia en plena noche, envueltas en la misma manta.
—Sin nombres. Sin notas —dijo suavemente—. La gente está dispuesta a adoptar una… tal vez dos. Pero nunca a todas. Pronto las separarán.
Separadas.
La palabra lo golpeó como una cuchilla.
Pensó en la voz de Anne.
En su creencia de que la familia se elige, no se hereda.
Se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Y si alguien se las llevara a todas? —susurró.