Trabajaba horas extras en la fábrica.
Reparaba techos los fines de semana.
Trabajaba de noche en un restaurante.
Cada dólar se destinaba a leche de fórmula, pañales y otros artículos.
Construyó sus cunas a mano.
Hervía biberones en la estufa.
Colgaba interminables tendederos por el patio como banderas de batalla.
Por la noche, se quedaba despierto contando nueve respiraciones en la oscuridad, aterrorizado de perder a una sola.
Aprendiendo a ser padre desde cero
Aprendió qué nana calmaba a cada bebé.
Aprendió a trenzar el cabello con dedos torpes.
Memorizó el ritmo de sus llantos.
El mundo exterior lo juzgaba con dureza.
Las madres en la escuela murmuraban sospechas.
Desconocidos en los supermercados lo miraban fijamente.
Una vez, un hombre le escupió a los pies y se burló: «Te arrepentirás de esto».
Pero el arrepentimiento nunca llegó.
En cambio, llegó la primera vez que las nueve rieron a la vez, llenando la casa de música.
Noches de tormenta cuando se iba la luz y las abrazaba hasta que se dormían en sus brazos.
Cumpleaños con pasteles torcidos.
Mañanas de Navidad con regalos envueltos en periódicos viejos.
Para los demás, eran las «Nueve Miller».
Para Richard, simplemente eran sus hijas.
Nueve chicas, nueve historias
Cada una encontró su propia luz.