Sarah con la risa más contagiosa.
Rut aferrándose tímidamente a su camisa.
Naomi y Esther organizando traviesas incursiones para robar galletas.
Leah con su tierna bondad.
María con su silenciosa fortaleza.
Ana, Raquel y Débora inseparables y siempre charlatanas.
El dinero siempre escaseaba.
Su cuerpo se desgastaba por los interminables turnos de trabajo.
Pero nunca dejó que la desesperación se notara.
Para sus hijas, él era fuerte.
Y su fe lo hizo más fuerte.
Juntas, demostraron algo más poderoso que los prejuicios:
El amor es más fuerte que los lazos de sangre.
Más fuerte que la duda.
Más fuerte que el miedo.
La casa silenciosa, otra vez
A finales de la década de 1990, su cabello se había vuelto gris y su espalda se había encorvado.
Una a una, las chicas se fueron a la universidad, a sus carreras, a casarse.
La casa volvió a quedar en silencio.
Pero esta vez, el silencio no era vacío.