Daniel estaba frente a mí.
—Lo siento.
Por fin.
Pero demasiado tarde.
—Yo también —dije—. No por el divorcio, sino por haber esperado tanto.
Y me fui.
Afuera, la ciudad volvía a cobrar vida.
Mi teléfono vibró.
—Director, todo está listo para mañana.
Esta vez respondí:
—Perfecto. Proceda.
Me recosté, cerré los ojos y me permití sentirlo: tristeza, sí, pero también claridad.
Más tarde ese día, regresé a mi oficina.
El trabajo continuó.
Reuniones. Decisiones. Estrategia.
Y ni una sola vez pensé en la familia Rivas.
Eso fue lo que más me sanó.
No la venganza.
No la revelación.
Sino darme cuenta de que mi vida siempre había sido mía.
Completa.
Sólida.
Intacta por su ilusión.