—“Quienes viven en mentiras cargan el hedor no en su piel, sino en su corazón.”
Martín quedó paralizado. Carla lo abrazó temblando:
—“Cariño… quizá mamá mandó a alguien para asustarnos…”
Pero Martín protestó:
—“¡Tiene 82 años! No puede asustarnos. No seas supersticiosa.”
Tres días después llegó una citación del Ayuntamiento local. Les exigían comparecer para explicar la transferencia ilegal del inmueble.
Cuando arribaron, Doña Elena ya estaba sentada con un joven abogado y dos agentes. Vestía con sencillez, pero sus ojos irradiaban determinación.
Su abogado conectó un teléfono y comenzó a reproducir una grabación:
—“Solo firme aquí… ella es senil, fácilmente engañable…”
—“Tras la venta dividiremos el dinero y la echaremos afuera…”
La voz de Carla resonó claramente en la sala.
El salón quedó en silencio. El funcionario municipal negó con la cabeza:
—“Esto no es un asunto familiar más: es fraude y abuso a personas mayores.”
Martín palideció. Carla estalló en llanto.
Finalmente, Doña Elena pronunció:
—“Martín, no quiero verte en la cárcel. Pero debes comprender que cuando haces daño, pierdes más que una casa. Comes tu propia conciencia.”
Volviéndose hacia Carla:
—“Tú me cuidaste cuando estuve enferma —lo recuerdo. Pero un solo acto de traición borra toda la bondad que hiciste.”