Lo hicieron. Marisol dejó caer el cuchillo sobre la base del pastel dañada.
—Quiero que se vaya.
Casi me río.
—¿Fuera de mi propia casa?
Carmen dio un paso al frente.
—Esta casa pertenecía a mi hijo antes de que lo atraparas.
Miré a Daniel. No dijo nada. Ese silencio me dolió más que cualquier cosa que Marisol hubiera dicho. Entonces, finalmente, habló.
—Quizás esta noche deberías quedarte en otro lugar. Deja que las cosas se calmen.
—¿Con nuestra hija?
Apretó la mandíbula.
—Isla se queda aquí. Necesita estabilidad.
Por un instante, la habitación entera pareció tambalearse. Entonces sonreí, no porque fuera débil, sino porque Daniel acababa de decir esas palabras frente a quince testigos, bajo tres cámaras de seguridad que había olvidado que yo había instalado después de que su primo una vez «tomara prestadas» mis joyas. Besé los rizos húmedos de Isla.
—No —dije en voz baja—. Viene conmigo.
Daniel me agarró la muñeca. Y en ese momento, dejé de ser su esposa. Me convertí en su consecuencia.
PARTE 2
Daniel me soltó cuando bajé la mirada hacia su mano. Conocía esa mirada. Era la misma que usaba en las salas de juntas cuando alguien mentía descaradamente.
—Suéltala —dije.
Lo hizo.
Carmen resopló.
—Ahí está. La reina de hielo.
Marisol se limpió el glaseado de la mejilla.