Culpaba a Brittany, a la deuda y a la versión de sí mismo que, según él, ya no existía.
Preguntó si había una forma de volver.
La leí dos veces.
Luego la hice pedazos.
Hay puertas que no deben reabrirse.
Esa noche, Maggie estaba en nuestra cocina, revolviendo la sopa como lo hacía cada invierno desde que nos casamos.
Me senté a la mesa y la observé moverse en la calidez de nuestro hogar.
Por primera vez en meses, sentí paz.
No porque todo estuviera arreglado.
Sino porque había protegido lo que aún importaba.
Y eso fue suficiente.