Mi ex llegó corriendo a la sala de urgencias con su hija herida en brazos, solo para encontrarme a mí —la doctora a la que había abandonado— embarazada de siete meses de su bebé. No lloré.

Seis meses desaparecieron en un instante. Primero, el reconocimiento. Luego, la sorpresa. Después, su mirada se posó en mi vientre abultado bajo mi bata holgada, y su rostro palideció por razones que nada tenían que ver con la lesión de Sophie.

—Adelaide —susurró.

No «doctora». No era un título formal. Mi nombre. El nombre que solía susurrar en la oscuridad cuando aún creía que algún día podría amarme abiertamente.

Aparté la mirada primero.

—Signos vitales, examen neurológico y radiografía del antebrazo izquierdo —le dije a la enfermera—. Que siga hablando.

El equipo se movió con rapidez. Revisé las pupilas de Sophie, examiné su clavícula y busqué hinchazón. Cada movimiento fue tranquilo y delicado. Pero sentí que Elias me observaba todo el tiempo.

Sabía lo que estaba calculando.
Seis meses de embarazo.

Han pasado seis meses desde aquel martes lluvioso en su cocina, cuando, vestida con un vestido azul y con el rímel corrido, le pregunté si me quería o si solo me necesitaba. Él se quedó allí en silencio, atrapado por su pasado, y finalmente dijo que no sabía cómo formar una familia.

Así que salí a la lluvia.

Tres semanas después, sola en mi baño, descubrí que no había abandonado esa vida por completo.

—¿Doctora Adelaide? —La voz de Sophie me sacó de mis pensamientos—.

—¿Sí, cariño?

—Eres muy guapa. ¿Estás embarazada?

Sonreí a pesar del dolor en el pecho. —Sí. El bebé nacerá en unos dos meses.

—¡Qué bien! —dijo Sophie—. Siempre quise una hermanita.

Detrás de mí, Elias hizo un sonido tan bajo que nadie más lo notó.

Pero yo sí.

A las diez de la noche, Sophie descansaba arriba con una pequeña escayola y una ecografía normal. Encontré a Elías en una sala de consulta con poca luz, agarrando el alféizar de la ventana con tanta fuerza que se le habían puesto los nudillos blancos.

Leave a Comment