—Su hija no se fue avergonzada —dijo—. La obligaron a marcharse en silencio porque alguien tenía que ocultar la verdad.
Vanessa frunció el ceño. —¿La verdad? Desapareció durante cinco años y nunca explicó nada.
—No podía —respondió el almirante—. La obligaron a firmar un acuerdo de confidencialidad mientras se recuperaba en el hospital.
A Abril le temblaban las piernas, pero se mantuvo en pie.
Durante cinco años, cargó con el recuerdo de aquella noche: humo, fuego, voces por la radio y el momento en que regresó por cuatro infantes de marina atrapados, a pesar de que la orden oficial era abandonar la zona.
Los sacó uno por uno.
Luego despertó en un hospital militar, cubierta de vendas, con su padre de pie junto a su cama.
Él no le preguntó si estaba herida.
Solo le dijo: «No manches el nombre de la familia. Firma lo que te den».
Jamás lo olvidó.
El almirante abrió la carpeta y mostró documentos oficiales.
«Operación Noche de Obsidiana», dijo. «Se suponía que era una evacuación. Alguien ordenó un ataque mientras personal mexicano aún se encontraba dentro de la zona. Murieron once personas y culparon al capitán Salvatierra en un informe falso».
Los murmullos se extendieron por la playa.
Vanessa se volvió hacia su padre. «Papá… ¿lo sabías?».
Don Roberto alzó la voz. «Tenga cuidado, almirante».
—No acuso sin pruebas —respondió Luján—. Tengo nombres, grabaciones y firmas.
Abril vio el rostro de su padre.