«Pensé que era mejor así. Ella sobrevivió. Los demás no. No iba a destruir a toda la familia por una misión fallida».
La voz de Abril era firme.
«No fue una misión fallida. Eran personas. Eran mis compañeros. Y yo era tu hija».
El silencio que siguió fue definitivo.
Un joven oficial se adelantó y saludó a Abril.
Luego otro.
Y después varios más.
Quienes se habían burlado de ella momentos antes ahora permanecían bajo el sol como si la playa se hubiera convertido en un tribunal.
El almirante la miró con ternura.
“Capitana Salvatierra, el país le debe una disculpa. Pero primero, cuatro familias merecen saber lo que usted hizo por sus hijos”.
Abril miró la carpeta, luego a su padre.
Durante años, había esperado a que él la defendiera.
Ahora comprendía que tendría que defenderse ella misma.
“Testificaré”, dijo. “Pero no por mi nombre. Por los que nunca regresaron a casa”.
Vanessa se acercó, temblando.
“Abril… no lo sabía”.
Abril la miró sin odio, pero sin ternura.
“No lo sabías porque nunca preguntaste. Preferiste reírte”.
Vanessa bajó la mirada.
Don Roberto intentó acercarse.
“Hija…”
Abril alzó la mano.