“No. Te estoy advirtiendo.”
Entonces Ernesto colgó.
Al amanecer, Mauricio ya no era el rico esposo de una mujer herida.
Era un hombre con cuentas congeladas, videos comprometedores, una póliza de seguro sospechosa, una amante asustada y un suegro que acababa de comprarle toda su vida.
Pero lo peor aún estaba por llegar.
Porque la única persona que podía destruirlo por completo seguía dormida.
Y estaba a punto de abrir los ojos.
PARTE 3
Valentina despertó siete días después.
Todo comenzó con el más mínimo movimiento: sus dedos apretando la mano de Ernesto. Él había dormido en una silla durante una semana, se había afeitado en el baño del hospital y colocaba una rosa blanca junto a su cama cada mañana porque, cuando era pequeña, una vez dijo que las rosas blancas parecían nubes que habían decidido convertirse en flores.
—¿Vale? —susurró.
Sus párpados temblaron.
La enfermera entró apresuradamente. Los médicos le revisaron las pupilas, los reflejos y la respiración. Ernesto se vio obligado a retroceder, aunque todo su ser deseaba abrazarla.
Cuando Valentina abrió los ojos, miró a su alrededor aterrorizada.
Ernesto comprendió a quién temía ver.
—No está aquí —le dijo—. No te tocará.
Las lágrimas rodaron por las sienes de Valentina.
Dos días después, pudo hablar.
Su primera frase completa no fue sobre el dolor.
Ni sobre el hospital.
Ni siquiera sobre la cirugía.