Y debajo, en letras más pequeñas:
Por cada mujer a la que alguien dejó en la oscuridad.
Años después, la gente seguía contando la historia como si Don Ernesto hubiera sido quien destruyó al hombre que lastimó a su hija.
Y sí, lo hizo.
Compró las deudas de Mauricio. Congeló sus cuentas. Expuso sus mentiras. Usó todos los recursos legales a su alcance para asegurarse de que Mauricio no pudiera esconderse.
Pero Valentina hizo algo aún más difícil.
Despertó.
Habló.
Testificó.
Aprendió a caminar de nuevo.
Recuperó su nombre.
Y transformó el yate donde su esposo había brindado por su muerte en un lugar de paz. Un salvavidas para mujeres que jamás conocerían a Mauricio, pero que nunca más estarían completamente solas por culpa de hombres como él.
Porque la verdadera libertad no era la fiesta.
La verdadera libertad era que Valentina abriera los ojos, dijera la verdad y demostrara que algunas mujeres no solo sobreviven a la oscuridad.