Por primera vez en años, Laura se sintió impotente.
Sacó su teléfono e hizo una llamada. —Cancela mis reuniones —le dijo a su asistente—. Y envía a un pediatra. Inmediatamente.
Carlos intentó protestar, pero ella lo detuvo con un gesto de la mano. —No te lo estoy pidiendo.
En media hora llegó una ambulancia. El niño fue llevado a un hospital privado, y Laura lo siguió sin dudarlo. El diagnóstico fue neumonía grave, pero tratable. Firmó todos los formularios sin leerlos.
Esa noche, Laura no regresó a su ático. Se sentó en una silla rígida junto a la cama del hospital, observando a Carlos dormir incorporado contra la pared. Cuando él despertó y le preguntó por qué hacía todo esto, su voz tembló al responder.
—Porque creo que he estado viviendo de la manera equivocada.
Lo que sucedió después lo cambió todo. Organizó el cuidado de los niños, contrató ayuda, obtuvo un seguro médico y visitaba la casa de Carlos con frecuencia, mucho más de lo que había visitado a su propia familia en años. Él continuó trabajando, pero con flexibilidad y apoyo. Por primera vez desde la muerte de su esposa, alguien le preguntó cómo estaba.
Una tarde, mientras sus hijos jugaban libremente en el suelo de su ático, Laura rió —de verdad rió— por primera vez en décadas.
«Nunca quise tener hijos», admitió. «Pensaba que eran una distracción».
«Lo son todo», respondió Carlos con dulzura.
Ahora lo entendía.